viernes, 10 de abril de 2020


    VITUPERIO A LOS LIBROS

 “Decoro para una ciudad es la hombría, para un cuerpo la belleza, para un alma la sabiduría, para una acción la virtud, para una palabra la verdad. Lo contrario de esto es indecoroso. Para un hombre y una mujer, para una palabra y una obra, para una ciudad y una acción, es preciso que lo digno de elogio se honre con elogio y que lo indigno se cubra de vituperio, pues tan erróneo y necio es vituperar lo elogiable como elogiar lo reprobable.  Es propio del mismo hombre decir correctamente lo conveniente y refutar” [1] [...] a quienes elogian a los libros.

 Son encuadernaciones que entre sus páginas albergan el conocimiento de naciones enteras, que arrastran tras de sí las experiencias de generaciones pasadas, que dan cuenta de lo que fue, de lo que es y muchas veces, de lo que será. Y ante la popularidad que han ido ganando los susodichos libros, es mi deber exponer el presente discurso para probar fehacientemente que tales obras han encabezado toda suerte de calamidades y desgracias para la humanidad.

 ¿No fue acaso Mein Kampf (Mi lucha), obra escrita por el villano Hitler la que abanderó el movimiento nacionalsocialista y dio pie a la mayor tragedia bélica que ha visto el mundo? ¿Qué fue de los 20 millones de campesinos soviéticos que murieron gracias a que Stalin puso en práctica las enseñanzas de Das Kapital (El Capital), obra de Karl Marx? ¿Tan rápido hemos olvidado el sufrimiento que causó El libro rojo de Mao?  Son estos algunos ejemplos de la devastación que han causado las letras impresas en la historia, pero indagando más podemos encontrar miles de ellos.

 Es además importante resaltar lo elitista que son las letras: no es novedad conocer que los libros son caros y las bibliotecas públicas, escasas. Las tiranías que han promovido las letras lo han hecho usualmente buscando la permanencia en el poder: apreciando, más que su virtud artística, su utilidad para modificar el criterio de las masas en beneficio de unos cuantos.

 Por otro lado, es grave afrenta el que muchos pensadores consideran que una de las mejores novelas concebidas es precisamente la que enumera las graves consecuencias que acarrea dedicarse a la lectura constante. Me refiero desde luego a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, publicada su primer parte por Miguel de Cervantes Saavedra en el 1605. En ella se enmarcan las vicisitudes de quien se cree caballero andante luego de caer en la locura producida por la lectura intensiva de libros de caballería. Las desventuras de dicho hidalgo terminan las más de las veces en tragedia y su deseo de cambiar al mundo se ve obstaculizada una y otra vez por la cruda realidad.

 Menester es mencionar además la desventajosa característica que comienza a aflorar en quienes dedican su tiempo a devorar libros: la aparición de intempestuosas palabras en su discurso. Dicho de otro modo, los lectores comienzan a hablar con gran complicación en su lenguaje, lo que no hace más que obstaculizar la respetuosa comunicación y la correcta expresión.

 Cabe dirigir la atención sobre otro punto controversial: los indicadores de lectura son expresados en número de libros, no así en la calidad de los mismos. ¿Por qué hemos entonces de molestarnos en leer novelas como La guerra y la paz de León Tolstoi, Ulises de James Joyce o Los miserables de Víctor Hugo, si de ello resulta una lectura cansada y una costosa inversión de tiempo por la longitud de las mismas? Mucho más conveniente es dedicarse a devorar literatura contemporánea, que suele ser escueta y carecer de complicaciones.  

 Y es que el preferir obras contemporáneas y sencillas tiene por sobre los mamotretos de la literatura “universal” otra atractiva ventaja: se puede hablar de ellas con multitud de personas. Y a quienes encuentren discutible esta afirmación, los reto a entablar una conversación con un extraño a partir de alguna lectura de clásicos como “Los hermanos Karamazov” o “El llano en llamas”.

 Pero si nuestro fin es el conocimiento y no la jactancia del mismo, leer sigue siendo un mal negocio, por la simple razón que al leer el cerebro recibe más datos de los que puede recordar, siendo inevitable que muchos de ellos se pierdan en el tiempo. Mejor empresa es invertir nuestras horas mirando televisión ya que ahí nuestros recuerdos quedan mejor asentados.

 Dicen que leyendo se conoce el mundo, que absorbemos las culturas y engullimos las cosmovisiones de tierras lejanas. Sin embargo, el hecho de que haya obras de renombre en todos los idiomas no es necesariamente una bendición ya que al traducir una obra literaria habrá inevitables fugas de significado con respecto al original. Los idiomas son construcciones muy distintas entre sí, que se han adaptado a entornos y personas específicas. Así que es grosso error pensar que lo mismo da el leer a Octavio Paz o Gabriel García Márquez en el idioma de Manzoni que en el de Goethe, el de Gibrán o el de Sun Tzu. De forma inevitable al traspasar ideas entre lenguas hay cosas que se van a perder en la traducción.

 Pero las calamidades de la lectura no terminan ahí, porque además nos encontramos que al leer hemos de dedicar grandes cantidades de tiempo sentados pasivamente, solo concentrados en algo que muchas veces no se entiende y por tanto tardamos aún más en terminar. Todo ese tiempo invertido sin movimiento, sin relación con los demás, no puede ser buena.

  Ahora bien, en nuestra época, la persona que decide leer una novela larga y rebuscada como “El Conde de Montecristo” de Dumas es alguien que va a dedicar mucho tiempo enfrascado en conocer una historia que puede vislumbrar mejor hecha y dedicando menos tiempo si simplemente ve una de sus múltiples adaptaciones cinematográficas. Con las películas nos ahorramos el suplicio de imaginar cómo eran los escenarios de otrora, los atavíos de allende y los modos de pintorescos personajes.

 Eliminé con este discurso el honor de los libros, me mantuve en la norma que había establecido al iniciar el discurso. Intenté abolir la injusticia del elogio y la nescencia de la costumbre. Quise escribir este discurso como un vituperio de los libros, como un juego para mí.




[1] Tomado de “Elogio de Helena” de Gorgias de Leontinos.